A veces, los músicos de Harresian Zulo cantan el estribillo de la última canción que escribió Pascal. La cantan, sin entender, en wólof o en serer, lengua de la aldea natal de este senegalés afincado en Vitoria. Al cabo de un tiempo, alguien pregunta “pero qué dice la letra”. Y puede que Pascal conteste que dice algo así como: “voy, a dónde vas, hacia adelante, pues bueno, que vaya bien”. También puede ocurrir que a Pascal le hubiera sonado una música en la cabeza y que haya ido juntando sílabas en su idioma hasta hacerlas parecer palabras… pero que no lo son.
Entonces la canción no dice nada. Y qué importa. Lo que importa es que esta gente se ha ido juntando por el camino hasta formar uno de los grupos más originales de Euskadi. “Mucha gente nos dice – aparte de que hemos mejorado y de que ya sonamos hasta bien, de lo cual me alegro- que se nota que nos divertimos mucho en el escenario. No sé si alguien se compraría un disco, pero lo que es seguro es que los conciertos enganchan y la gente no para de sonreír”, asegura Juankar, percusionista del grupo.
Harresian Zulo es un potaje musical. Cuentan con una pareja de euskal dantzariak que baila al son de canciones tradicionales vascas reinterpretadas con sabor a flamenco… o al Caribe, a Oriente, a África. De África, además de Pascal, también es la tercera bailarina, Aicha. Pedro, el bajo, viene de uno de los grupos más cañeros de Euskadi: Sociedad Alcohólica. José Buenavida trabaja en la cadena de producción de Mercedes y toca la guitarra como con matices de kora, instrumento africano -entre arpa y laúd- que le apasiona. Dani es el txalapartari rubio, pero que coge, un poco, lo que le apetece tocar en cada momento. Los hermanos Villalba también son txalapartaris de sangre vasca y quechua (o aimara). “Según nos vamos encontrando a la gente, la vamos incorporando”, asegura Juankar, que hace la percusión árabe e intenta escribir letras más elaboradas. “Pero nos é para qué me complico. Las mejores son las de Pascal”.
Lo que hace especial a Harresian Zulo quizás sea, no la fusión de estilos y culturas musicales, que es algo ya inventado, sino que cada uno va allí a pasarlo bien y a divertirse. “Somos 12 personas (8 músicos, 3 bailarines y un técnico) con vidas independientes que no se aguantarían entre sí si no fuera por la música. Sin embargo, nos apetece muchísimo juntarnos. En dos años y medio no hemos tenido ninguna discusión que durase. El problema con los músicos suele ser que son un coñazo por su ego. Pero nosotros no tenemos nada que demostrar y no esperamos nada más que divertirnos”.
Harresian Zulo no tarda en hacer partícipe al público de su alegría. “El público se sube al escenario a bailar animado por el ambiente que se convierte en aplausos y vítores hacia aquellos que se han animado. En ese momento, y si consigues fijarte en los componentes del grupo, verás que es con lo que realmente disfrutan. Disfrutan eliminando fronteras y barreras que no hacen sino limitar lo bueno que todos tenemos dentro y que ellos consiguen sacar”. Así es como les define su público. “¿Terapéutico? Yo no sé si los demás van por terapia, yo seguro que sí. Voy, sobre todo, para defenderme del aburrimiento”.

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